HORACIO

Horacio pensó que aún era sábado y tenía que regresar a casa.
El ritual que por años realizaba semana a semana, siempre ese día, junto a su esposa e hijas, le recordó que la hora del almuerzo era sagrada; más esta vez él no estaría junto a ellas.

Cuando se despidió de Wilma, temprano esa mañana, ella quiso que se quedara y él insistió en salir a comprar. Poco antes de llegar a su destino, el odio lo secuestró.

Tarde aquella noche, su mente moribunda imaginó la mesa aún servida, a la que nunca más se sentaría.

Anuncios

EL MOTEMEY

motemei

Una sola vez lo ví, sin embargo lo recuerdo como si lo hubiese conocido siempre, al evocar su singular canto nocturno. Todos lo conocían como el “Motemey”.

La noche que lo conocí, una espesa neblina cubría el cerro. Apegado a la ventana de la calle escuché su grito acercándose hacia mi casa. La luz de su farol precedía su paso.

Era un hombrecito bajo y delgado, lucía un sombrero raído, un poncho de lana protegía su cuerpo; vestía un pantalón oscuro arremangado y calzaba medias de lana cruda y ojotas de neumáticos. Con un canasto en un brazo pasó gritando una jerigonza que muchos la conocían y que de sólo escucharla producía una sensación de agrado.

¡Motemey, pelao el mey, calentito!

Era el grito alargado que anunciaba el rico maíz cocido, que él mismo cocinaba y que se comía en la calle, por unos centavos el tazón.