MISERIA HUMANA (Una noche en el hospital)

indiceLa noche se hizo eterna para Javier; tendido en una cama de la sala de emergencia del hospital, soportando un dolor que al cabo de un par de horas y por efectos de los medicamentos que le administraron, se fue atenuando; señal favorable que le hizo pensar que al fin podría dormir un poco y descansar; sin embargo, el sufrimiento del anciano postrado en el camarote 64, junto al suyo, se lo impidió.

Turbada la mente, el pobre hombre deliró hasta el amanecer, divagando a través de un mundo desconocido y sombrío; poblado de inconexiones; reminiscencias;  tormentos y aberraciones, a los cuales parecía enfrentarse como animal acorralado por un enemigo inmaterial. Lamentos y  manotazos fueron su única defensa.

A la hora de la visita médica, la mañana siguiente, Javier medio dormido escuchó el comentario de los auxiliares, recordando el pasado del anciano enfermo, el que según ellos había sido un destacado marino, almirante del ancho mar, que paseó la enseña patria por el mundo y se enfrentó a toda clase de adversidades e inclemencias, que le convirtieron en un valiente digno de ser imitado; un ser casi mitológico –un viejo lobo marino- cargado de aventuras, proezas y distinciones, que pasaron a engrosar el catastro de la historia naval del país.

“Que fin más miserable” pensó Javier, mirando al enfermo enfrentarse a tormentas y desventuras inexistentes, amarrado al catre clínico del hospital, mientras intentaba imaginarlo joven, de pié en el puente de mando de un buque, ordenando a su tripulación que se alistara para emprender una nueva singladura.

Valparaíso,  01 de octubre de 2016.

 

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Montedoloroso, Tercer Lugar en concurso “Andrés Sabella” 2012.

 

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El 12 de diciembre de 2012, mi novela corta titulada “Montedoroloso”, obtuvo el Tercer Lugar en el Concurso de Novelas “Andrés Sabella”, organizado por la Universidad Católica del Norte, de Antofagasta. La novela fue publicada el año 2013. Próximamente, en noviembre, saldrá a la venta una segunda edición.

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LA CHIRIGÜITA

 

El jefe del retén policial, un hombre enjuto y de rostro adusto y tostado; endurecido por la dureza del clima propio de aquellas alturas, entró a la casa del caporal del caserío indígena, acompañado de un subalterno colorín y sonriente y de un hombre mayor de unos 55 años, delgado, pelo cano, con cara de niño, risueño y de modales muy calmados. Éste era un relegado político de la dictadura, que debería cumplir su condena en aquél lugar; alejado de su familia; sin trabajo; como un paria, a más de 4.000 metros de altura.

Dónde estamos preguntó éste y el hombre de la casa respondió:

-¡Caquena, Caquena!

Luego de una breve conversa, el policía ordenó al cabo colorín que liberara al preso de sus grilletes y lo entregara al dueño de la casa, en donde a contar de ese momento viviría. Acto seguido, se retiraron hacia el retén. Ya era pasado el mediodía en Caquena, el poblado aimará enclavado en las cumbres del norte del país, que a esa hora hervía de calor. En la choza, algo más fresca, el relegado permaneció de pie sin atreverse a decir palabra, esperando que el viejo tomara la iniciativa, mientras un hilillo de sudor se abría paso por un costado de su cara, que reflejaba el cansancio y la ruina que le produjeron los vejámenes propinados por los agentes de la DINA, el aparato represivo de la dictadura, en los días previos.

-Por favor, me puede convidar un vaso de agua- finalmente el desdichado hombre, apremiado por la sed, sacó el habla, dirigiéndose al dueño, cuya figura se recortaba como un negativo ante una puerta situada hacia el fondo del recinto, por donde entraba algo de luz.

Pasaron largos segundos de silencio mientras se establecía la comunicación, luego de lo cual, el caporal, con voz cantarina pero potente, le ordenó a una niña que parecía estar escondida en algún rincón de la choza, trajese agua.

¡Imilla uma, imilla uma! ¡Agua niña, agua niña!

Una fugaz silueta salida desde la penumbra, como un  menudo chirigüe correteando de rama en rama, se escabulló por la puerta trasera y regresó, presta, trayendo un cazo con agua y, acercándose al extraño, lo puso en sus manos temblorosas.

Milton, el dirigente sindical minero, que durante los anteriores días solo había recibido insultos y castigos por pensar diferente, cogió el perol y bebió con fruición; para refrescar no solo su cuerpo, privado tantos días de aquel reconfortante elemento, sino  también, para lavar en parte las afrentas que creía haber recibido injustamente. Frente a él, la niña indígena lo miraba con ternura.

Cuando la última gota de agua inundó la inmensidad de su castigado cuerpo, su espíritu finalmente se doblegó ante tamaña muestra de amor y, cayendo hacia el terroso piso, lloró como un niño.

LA COMPETENCIA DE VOLANTINES

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En un lomaje del barrio, como tradicionalmente se hacía desde tiempos pasados, todos los contendores esperaban la señal del caporal para dar inicio al espectáculo. Lucían sus atuendos multicolores. Unos denotaban fiereza y otros sencillez; más todos eran guerreros, verdaderos gladiadores de una competencia ancestral, ansiosos por salir a la lucha de la cual no sabían si regresarían.

Al sonido del silbato emprendieron desafiantes el vuelo hacía los cielos, luciendo ropajes de variados colores y texturas, danzando entre vientos de una y otra banda al ritmo de la mano experta de sus dueños; que cifradas las esperanzas en la fortaleza de sus dirigidos, cada cual pretendía coronarse campeón de la justa.

Subiendo y bajando por las alturas; largando o acortando amarras, el torneo se prolongó por horas, dejando a muchos fuera del combate, que malheridos se precipitaron a la tierra, empujados por vientos que esparcieron sus restos lejos de la comarca, en donde terminarían sus días de pasajera gloria, enganchados sobre ramas de pino y eucaliptos, bajo el sol quemante del verano.

 Solo dos luchadores permanecieron en el cielo, esquivándose con maestría para no ser eliminados; pero el desenlace debía producirse más temprano que tarde, ya que la consigna del torneo era que solo uno regresaba a su dueño y ese fue el que lucía los colores de la bandera: el volantín tricolor; que en un instante se acercó a su rival y lo enlazó repentinamente y lo obligó a descender, mientras que con uno de sus maderos le rompió un costado, anulándolo definitivamente.

La batalla llegó a su fin y el vencedor volvió a las manos de su conductor, mostrando entre su ropajes, las heridas de la contienda.

HORACIO

Horacio pensó que aún era sábado y tenía que regresar a casa.
El ritual que por años realizaba semana a semana, siempre ese día, junto a su esposa e hijas, le recordó que la hora del almuerzo era sagrada; más esta vez él no estaría junto a ellas.

Cuando se despidió de Wilma, temprano esa mañana, ella quiso que se quedara y él insistió en salir a comprar. Poco antes de llegar a su destino, el odio lo secuestró.

Tarde aquella noche, su mente moribunda imaginó la mesa aún servida, a la que nunca más se sentaría.

EL MOTEMEY

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Una sola vez lo ví, sin embargo lo recuerdo como si lo hubiese conocido siempre, al evocar su singular canto nocturno. Todos lo conocían como el “Motemey”.

La noche que lo conocí, una espesa neblina cubría el cerro. Apegado a la ventana de la calle escuché su grito acercándose hacia mi casa. La luz de su farol precedía su paso.

Era un hombrecito bajo y delgado, lucía un sombrero raído, un poncho de lana protegía su cuerpo; vestía un pantalón oscuro arremangado y calzaba medias de lana cruda y ojotas de neumáticos. Con un canasto en un brazo pasó gritando una jerigonza que muchos la conocían y que de sólo escucharla producía una sensación de agrado.

¡Motemey, pelao el mey, calentito!

Era el grito alargado que anunciaba el rico maíz cocido, que él mismo cocinaba y que se comía en la calle, por unos centavos el tazón.