HOY HA MUERTO MI HERMANO

In memorian por Víctor Hugo

Hoy ha muerto mi hermano,
justo hoy que estaba creciendo
silencioso y flexible
como un árbol tierno.

Yo te miro hermano
y en el fondo de ti
se me pierden las miradas.

Parecías ser vida eterna
en tu juventud plena
y sin darnos tan solo un momento
te marchaste en silencio.

Yo te miro hermano
y me revuelco en mi dentro.
Yo te miro hermano
y no lo creo.

Valparaíso, 21 de julio de 1961.

 


 

EL AMOR DE VERNACULARIA SEMPITERNA

boks-evert-jan

Tristán Sarmentoso, sentado en uno de los bancos de la estación de Villa Encantada, diariamente se deleitaba mirando el ir y venir de los pasajeros que subían y bajaban del ferrocarril, desde que había jubilado. En su afán de recordar el tiempo pasado, mientras fue jefe del recinto ferroviario, la figura de Vernacularia Sempiterna, la hermosa chica de primaveral juventud no se había borrado de su mente, a pesar de recordarla con una extraña mezcla de dolor y nostalgia.

Fue un día de octubre, muchos años atrás, cuando la vio por primera vez, al bajar de uno de los carros del tren ordinario del ramal que corría hacia el sur y que lunes, miércoles y viernes se detenía en ese poblado agreste y lejano, perdido entre cerros amarillentos y polvorosos, en donde la vida transcurría rutinaria, plana e insípida, en una larga sucesión de días, noches, semanas, meses y años de nunca acabar; todo muy parejo y mecánico, como la rueda del molino que acarreaba el agua del riachuelo que bajaba de las quebradas y que alimentaba la máquina moledora de granos de la villa, hasta donde solo llegaban y salían los lugareños de la región.

La mujer llegó cargando dos grandes maletas y un baúl; luciendo una sensual figura de hembra coqueta, vestida con escandalosas ropas que mostraban hermosas y contorneadas piernas cubiertas de sedosas medias y llamativos coloretes en la cara, que realzaban la natural belleza de una joven entrando en la madurez. Una pintura de ese tipo no dejó de llamar la atención de Tristán, que acostumbrado a catear de una sola mirada a cualquier forastero que bajaba del tren, sospechó el impacto que provocaría su extravagante figura, con ese aire tan diferente al de las mujeres de su pueblo, que lo dejaron boquiabierto, como también a los muchos pueblerinos que a esa hora se encontraban en las inmediaciones de la estación, quienes se percataron su presencia cuando la vieron atravesar la plaza y dirigirse hacia una residencial, dejando tras de sí el comidillo sobre su persona y una estela de comentarios interesados en saber quién era la singular extranjera y que haría en el pueblo.

No pasó mucho tiempo para que Tristán supiera algo más de ella, luego de transcurridos algunos días, al saber que se paseaba por las inmediaciones de la estación y sus alrededores, balanceando su cuerpo; también por los comentarios que escuchó en la barra del bar de doña Sinforosa, la viuda de su mejor amigo, lugar que frecuentaba para servirse algunas copas antes de irse a casa y tiempo después, cuando le contaron que la mujer había arrendado una casita al final de la calle principal, que se estaba convirtiendo en un centro nocturno donde se bailaba, bebía y hasta donde llegaban muchos hombres y chicas jóvenes del pueblo, amparados por la oscuridad de la noche.

Fue un viernes antes de anochecer, en el mes de febrero, que al volver a casa Tristán se sorprendió al ver a su hija menor, Modosita Sarmentosa, de juveniles 15 abriles, con los labios pintados de furioso carmín, estucada la cara con afeites y peinada su hermosa cabellera con un moño recogido por atrás y un montón de cachirulos adornándole la cabeza; era la imagen opuesta al de la angelical niña que él regaloneaba y cuidaba como su tesoro más preciado. No le cupo ninguna duda al hombre que la chica se estaba convirtiendo rápidamente en mujer, pero él, acostumbrado a no intervenir en esos temas, que para eso estaba su esposa, nada dijo; sin embargo un estremecimiento recorrió su cuerpo, pues no era coincidencia que la misma moda, de mayor liberalidad, desde hacía un tiempo estaba prendiendo entre otras jóvenes del poblado; mejor dicho desde que la “señora Vernacularia”, como se estaba haciendo conocida la mujer, había llegado a la Villa Encajonada, transformándolas de sencillas y recatadas mujeres de una comarca campesina, en mujeres sensuales.

El tiempo se encargó de darle la razón. Un día le contaron que a la dulce hija de su vecino y amigo Fructuoso Peralta, productor en la zona de exquisitos frutos, la vieron bailando muy apegada a un hombre en casa de la fulana, como despectivamente comenzaron a nombrarla las mujeres del poblado, convirtiéndose así en la primera protegida que Vernacularia reclutó entre las jovencitas del pueblo, para compañía y diversión de tantos varones que noche a noche desfilaban por la residencial y que para muchos del pueblo era una simple y vulgar casa de remolienda. Después de ella cayó también su hija Modosita, la tranquila niña destinada a ser una gran mujer, como él siempre soñó y que terminó atrapada entre las redes de la lujuria y el placer carnal que le tendió la puta; experiencia que le confundió, al extremo de atreverse a enfrentar a la cabrona para reprocharle su mala acción y tratar de rescatar a la joven de las garras de la maldad.

Amparado en las sombras, una noche de invierno se acercó con temor a la casa de doña Vernacularia y tímidamente llamó a la puerta, apareciendo al cabo de un rato la mismísima “señora” en persona.

-¿La señora Vernacularia?- preguntó el hombre con timidez.

-Ella misma- respondió la meretriz, invitándole a pasar, ya que nadie que visitaba el burdel se quedaba fuera, pues los visitantes que recibía eran compradores de favores sexuales.

Una vez dentro de la residencial Tristán se identificó y le explicó que su visita no obedecía a ningún interés suyo de conseguir placer ni entretención; si no que por el contrario, lo hacía con el ánimo de rescatar a su hija, que sabía estaba asilada en el burdel, esperando solamente encontrar en ella la comprensión suficiente para entender sus ruegos de padre adolorido.

-¡Señora Vernacularia, la Modosita es mi hijita menor y no quiero que se condene; por favor devuélvamela!- le rogó el compungido Tristán.

-Yo no tengo a su hija prisionera ni en contra de su voluntad señor- fue la dura y enérgica respuesta de Vernacularia; acto seguido se dio maña para embolicar al pobre Tristán, desplegando ante si sus mejores dotes de ramera engatusadora, ofreciéndole toda clase de atenciones y favores. Pasada la medianoche el hombre abandonó el lugar, encaminándose furtivamente hacia su casa; decepcionado por no haber conseguido rescatar a la Modosita de los garras del pecado, pero satisfecho por haber tenido la oportunidad de amancebarse fugazmente con la hembra, a quien le cayó en gracia y de quien consiguió siguiera visitando la casa de citas, para continuar con la relación; costumbre que se prolongaría por un largo tiempo, hasta que sintiéndose abrumado por la culpa de estar engañando a su familia y a su propia conciencia, decidió olvidar el traspié cometido y nunca más volvió a pisar ni tan siquiera los alrededores del lugar. Aquella fue la experiencia más ingrata que por mucho tiempo Tristán recordó, sentado en la estación, lamentándose de la desgracia ocurrida.

Muchos años después, la mentada Vernacularia Sempiterna se apareció por la estación, luciendo su gastado cuerpo, cuyas antiguas y tentadoras curvas ahora inexistentes, trataba de destacar a fuerza de apretados corsés. Llegó acompañada de un par de chicas del poblado, que al igual que ella ejercían el comercio sexual y se encaminaron hacia el andén donde la máquina del convoy ya comenzaba a bramar, preparándose para iniciar el viaje del mediodía hacia un destino desconocido; cargadas de maletas, carteras y bultos, que denotaban un largo viaje sin retorno.

Aquél día el viejo ferroviario la vio venir, cruzándose frente a frente sin decirse ni media palabra, ni hacer un solo intento por saludarse; sólo un par de frías miradas que cortaron el espacio que les separaba, fue el único gesto con el cual quisieron decirse algo. Ver a la cabrona y recordar a su hija fue un solo suceso, que le trajo a la mente la imagen de la Modosita Sarmentosa, quien desde hacía un par de años se había marchado a vivir en una “residencial” de una gran ciudad, recomendada por su patrona y de quien ya había perdido todo contacto. Buscando entre los recovecos de su mente algo que le recordara el paradero de su hija, finalmente terminó imaginándola también como una vieja y fea mujer de la noche, vagando de pueblo en pueblo, ofreciendo amores pagados igual que la Vernacularia Sempiterna, que se aprontaba a abordar el tren que la llevaría lejos de Villa Encajonada para siempre.

 

 

 

 

 

 

MISERIA HUMANA (Una noche en el hospital)

indiceLa noche se hizo eterna para Javier; tendido en una cama de la sala de emergencia del hospital, soportando un dolor que al cabo de un par de horas y por efectos de los medicamentos que le administraron, se fue atenuando; señal favorable que le hizo pensar que al fin podría dormir un poco y descansar; sin embargo, el sufrimiento del anciano postrado en el camarote 64, junto al suyo, se lo impidió.

Turbada la mente, el pobre hombre deliró hasta el amanecer, divagando a través de un mundo desconocido y sombrío; poblado de inconexiones; reminiscencias;  tormentos y aberraciones, a los cuales parecía enfrentarse como animal acorralado por un enemigo inmaterial. Lamentos y  manotazos fueron su única defensa.

A la hora de la visita médica, la mañana siguiente, Javier medio dormido escuchó el comentario de los auxiliares, recordando el pasado del anciano enfermo, el que según ellos había sido un destacado marino, almirante del ancho mar, que paseó la enseña patria por el mundo y se enfrentó a toda clase de adversidades e inclemencias, que le convirtieron en un valiente digno de ser imitado; un ser casi mitológico –un viejo lobo marino- cargado de aventuras, proezas y distinciones, que pasaron a engrosar el catastro de la historia naval del país.

“Que fin más miserable” pensó Javier, mirando al enfermo enfrentarse a tormentas y desventuras inexistentes, amarrado al catre clínico del hospital, mientras intentaba imaginarlo joven, de pié en el puente de mando de un buque, ordenando a su tripulación que se alistara para emprender una nueva singladura.

Valparaíso,  01 de octubre de 2016.

 

Montedoloroso, Tercer Lugar en concurso “Andrés Sabella” 2012.

 

dav

El 12 de diciembre de 2012, mi novela corta titulada “Montedoroloso”, obtuvo el Tercer Lugar en el Concurso de Novelas “Andrés Sabella”, organizado por la Universidad Católica del Norte, de Antofagasta. La novela fue publicada el año 2013. Próximamente, en noviembre, saldrá a la venta una segunda edición.

facebook_1475444256425

 

LA CHIRIGÜITA

 

El jefe del retén policial, un hombre enjuto y de rostro adusto y tostado; endurecido por la dureza del clima propio de aquellas alturas, entró a la casa del caporal del caserío indígena, acompañado de un subalterno colorín y sonriente y de un hombre mayor de unos 55 años, delgado, pelo cano, con cara de niño, risueño y de modales muy calmados. Éste era un relegado político de la dictadura, que debería cumplir su condena en aquél lugar; alejado de su familia; sin trabajo; como un paria, a más de 4.000 metros de altura.

Dónde estamos preguntó éste y el hombre de la casa respondió:

-¡Caquena, Caquena!

Luego de una breve conversa, el policía ordenó al cabo colorín que liberara al preso de sus grilletes y lo entregara al dueño de la casa, en donde a contar de ese momento viviría. Acto seguido, se retiraron hacia el retén. Ya era pasado el mediodía en Caquena, el poblado aimará enclavado en las cumbres del norte del país, que a esa hora hervía de calor. En la choza, algo más fresca, el relegado permaneció de pie sin atreverse a decir palabra, esperando que el viejo tomara la iniciativa, mientras un hilillo de sudor se abría paso por un costado de su cara, que reflejaba el cansancio y la ruina que le produjeron los vejámenes propinados por los agentes de la DINA, el aparato represivo de la dictadura, en los días previos.

-Por favor, me puede convidar un vaso de agua- finalmente el desdichado hombre, apremiado por la sed, sacó el habla, dirigiéndose al dueño, cuya figura se recortaba como un negativo ante una puerta situada hacia el fondo del recinto, por donde entraba algo de luz.

Pasaron largos segundos de silencio mientras se establecía la comunicación, luego de lo cual, el caporal, con voz cantarina pero potente, le ordenó a una niña que parecía estar escondida en algún rincón de la choza, trajese agua.

¡Imilla uma, imilla uma! ¡Agua niña, agua niña!

Una fugaz silueta salida desde la penumbra, como un  menudo chirigüe correteando de rama en rama, se escabulló por la puerta trasera y regresó, presta, trayendo un cazo con agua y, acercándose al extraño, lo puso en sus manos temblorosas.

Milton, el dirigente sindical minero, que durante los anteriores días solo había recibido insultos y castigos por pensar diferente, cogió el perol y bebió con fruición; para refrescar no solo su cuerpo, privado tantos días de aquel reconfortante elemento, sino  también, para lavar en parte las afrentas que creía haber recibido injustamente. Frente a él, la niña indígena lo miraba con ternura.

Cuando la última gota de agua inundó la inmensidad de su castigado cuerpo, su espíritu finalmente se doblegó ante tamaña muestra de amor y, cayendo hacia el terroso piso, lloró como un niño.

LA COMPETENCIA DE VOLANTINES

volantin.jpg

En un lomaje del barrio, como tradicionalmente se hacía desde tiempos pasados, todos los contendores esperaban la señal del caporal para dar inicio al espectáculo. Lucían sus atuendos multicolores. Unos denotaban fiereza y otros sencillez; más todos eran guerreros, verdaderos gladiadores de una competencia ancestral, ansiosos por salir a la lucha de la cual no sabían si regresarían.

Al sonido del silbato emprendieron desafiantes el vuelo hacía los cielos, luciendo ropajes de variados colores y texturas, danzando entre vientos de una y otra banda al ritmo de la mano experta de sus dueños; que cifradas las esperanzas en la fortaleza de sus dirigidos, cada cual pretendía coronarse campeón de la justa.

Subiendo y bajando por las alturas; largando o acortando amarras, el torneo se prolongó por horas, dejando a muchos fuera del combate, que malheridos se precipitaron a la tierra, empujados por vientos que esparcieron sus restos lejos de la comarca, en donde terminarían sus días de pasajera gloria, enganchados sobre ramas de pino y eucaliptos, bajo el sol quemante del verano.

 Solo dos luchadores permanecieron en el cielo, esquivándose con maestría para no ser eliminados; pero el desenlace debía producirse más temprano que tarde, ya que la consigna del torneo era que solo uno regresaba a su dueño y ese fue el que lucía los colores de la bandera: el volantín tricolor; que en un instante se acercó a su rival y lo enlazó repentinamente y lo obligó a descender, mientras que con uno de sus maderos le rompió un costado, anulándolo definitivamente.

La batalla llegó a su fin y el vencedor volvió a las manos de su conductor, mostrando entre su ropajes, las heridas de la contienda.