La Indeseada

Ayer no vino a visitarme y hoy no sé si vendrá.

Si más tarda golpea mi puerta creo que trataré de no dejarla entrar, más, como sé que ella insistirá y no se moverá hasta haber cumplido con su visita, estaré obligado a franquearle el paso.

No la conozco pero he oído hablar mucho de ella. Sé que es variable en su temperamento, a veces silenciosa, otras amorosa y también violenta y como tal, no siempre es una buena compañera.

Algunos la esperan con ansias, sabiendo que en sus brazos encontrarán descanso, consuelo y paz, pero la gran mayoría no la desea en absoluto y prefiere no pensar en ella como su compañera.

En todo caso, tarde o temprano todos terminan doblegados ante su repentina presencia, algunos recibiéndola con agrado o resignación y otros intentando rechazarla.

¡Vano intento de aquellos que desean evitarla, pues ella es como compañera en busca de amante y no se detendrá frente al rechazo!

Hoy no me ha visitado. ¿Vendrá más tarde; querré recibirla?

No lo sé. Solo sé que sin anunciar visita, en cualquier momento tocará a mi puerta y deberé aceptar su abrazo y su eterna compañía.

Ocaso

sanlucar-ocaso-13Sol del atardecer lleno de promesas y esperanzas,

que corres a bañarte entre las olas de la mar,

a fundirte en mortal abrazo

esperando el renacer infinito.

Antes de sumergirte en sus aguas

ilumina el camino hacia las antípodas,

hacia la playa lejana en donde quedaron las huellas

de la amada que se alejó solitaria,

acompañada por el canto melancólico de Tetis.

Coge de mis labios un beso postrero

y llévalo hacia sus pálidas mejillas.

 

Anima con tus rayos moribundos

su mirada nostálgica

y cuéntale que aún la quiero.

 

 

 

Escala Daniel Morrison

La escala Daniel Morrison es un atravieso a mitad de la avenida José Tomás Ramos, una arteria que divide los cerros Alegre y Cordillera y que a través de el mi barrio se comunicaba con un mundo distinto, en donde se alzaba la figura de un castillo luminoso -la Escuela Pública 22- en cuyo interior brillaba resplandeciente el Saber.

Por largos 6 años de mi infancia subí y bajé por ella junto a mis hermanos mayores, en busca del conocimiento; de las primeras letras; de la enseñanza básica y de los primeros amigos de mi vida. Este es el recuerdo que mantengo de esos días de infancia escolar.

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Uno, dos y tres,

uno, dos y tres,

eran los peldaños que subía el niño al amanecer.

 

Uno, dos y tres,

subiendo hacia el saber,

el niño contaba los peldaños,

uno, dos y tres.

Muy de mañana salía de casa

junto a Antonio, Víctor y Andrés,

los cuatro subiendo peldaños

de uno, dos y tres,

atravesando campos floridos,

tapizados por doquier,

de fragante ciruelos y membrillos,

subiendo hacia el saber.

 

Uno, dos y tres,

eran cuatro hermanos

subiendo al amanecer,

saltando de piedra en piedra,

a orillas del vergel,

uno, dos y tres,

caminaban presurosos como corceles de un tropel,

hacia la escuelita luminosa,

iluminada de saber.

 

 

 

 

Kusan el alfarero

neardentalKusan, el neardental de las cavernas mediterráneas, salió de la cueva a mirar el día que recién comenzaba. Extendió su vista hacia la verde planicie que comenzaba justo bajo sus pies, unos metros más abajo y vio correr la vida al galope de otros seres que vivían allí. Miró hacia lo alto y vio nuevamente la luz que como tantas otras veces aparecía por detrás de las cavernas y desaparecía muy lejos, allá donde su vista solo divisaba una línea. No entendía el ciclo de la luz y la oscuridad que se producía en esas tierras, que una parte de la jornada lo mantenía alerta y la otra –cuando la luz moría- su cuerpo se aletargaba y ya no tenía tanta fuerza.

Tampoco entendía como el líquido que caía de lo alto, al juntarse con la tierra, producía una mezcla en donde muchas veces quedaban marcadas sus manos y también podía crear con ella, figuras de variadas formas. Esa mañana sintió curiosidad por saber si encontraría el juguete que durante la luz anterior hizo con ese material; era una pequeña escudilla que modeló con sus manos mientras chapoteaba en el barro.

Salió de la cueva y se dirigió al charco; allí encontró el platillo endurecido y se extrañó; lo tomó en sus manos y lo miró por todos lados; no era el mismo que él había construido, éste ya no se dejaba moldear; estaba duro. Como vio que tenía restos de pasto lo sumergió en el agua. Grande fue sorpresa al ver que el líquido quedaba atrapado en su interior, pero no por mucho tiempo, ya que muy pronto la mezcla comenzó a deshacerse y Kusan, en un intento por salvar su obra, no supo que hacer e instintivamente vació el resto del agua para detener el daño.

Con mucha dificultad trató de recordar todo lo que había hecho para hacer el platillo, sospechando que algo lo había endurecido. Decidido a descubrir que había sucedido, se entretuvo en el charco haciendo otros cacharros que los dejó a un costado y se dispuso a esperar que sucediera.

El sol del mediodía pronto calentó con fuerza la comarca y los platillos comenzaron a cambiar de color; Kusan los miraba con gran curiosidad, tocándolos de vez en cuando. Poco a poco se dio cuenta que la luz los endurecía. Cuando al atardecer los cacharros estuvieron totalmente endurecidos, los tomó y salió corriendo a mostrarlos al resto de la tribu. Se sentía grande.

Katun, el más viejo, miró los platillos, los tocó y luego dio un grito de sorpresa. No entendía que había hecho Kusan. El resto de los neardentales tampoco. Todos gritaban de euforia; tal vez de miedo.

Kusan hizo un gesto con su mano y todos se callaron, luego los invitó a ir al charco. Quería mostrarles que él podía atrapar el líquido que estaba allí. Se acercó al pozo, metió el platillo en el agua y lo sacó. El griterío fue estruendoso. El espanto les hizo retroceder; el agua estaba atrapada en la escudilla. Kusan, solo ante la asamblea, nuevamente se sintió grande. Cogió otro platillo y repitió la operación, pero esta vez les indicó que regresaran a la caverna mientras él transportaba el líquido en el recipiente. Todos le siguieron, todos estaban maravillados, el líquido permanecía en el platillo; sin embargo éste comenzó a deformarse por la humedad. Kusan botó el agua y regresó al charco para ponerlo a la luz, esperando que ésta lo endureciera de nuevo.

Ese día y muchos más que le sucedieron se habló de la hazaña de Kusan; la mayoría reconociéndolo como un gran neardental y destacando su trabajo, pero unos pocos mirándole con envidia, deseosos de conseguir hacer lo mismo o tener uno de los utensilios que él había construido. A partir de entonces Kusan se esforzó por mejorar la calidad de su producto, buscando la forma que el líquido no lo dañara, ¿pero cómo hacerlo?

Fue la casualidad que vino en su ayuda. Una noche, trabajando en hacer nuevas y mejores escudillas, olvidó una de ellas, que quedó cerca de las brasas de la hoguera que había encendido para protegerse del frío. Al día siguiente cuando despertó y quiso reavivar el fuego, se dio cuenta que el platillo estaba negro como los tizones quemados de la hoguera; lo cogió en sus manos y percibió una dureza diferente; instintivamente se acercó al charco, lo lavó y llenó con agua y lo dejó, observando que sucedía. Al final de la tarde el platillo seguía duro, sin trazas de daño y con el agua en su interior. Kusan gritó de alegría y corrió a mostrarles a la tribu lo que había conseguido; se sentía más grande que nunca.

Al ver lo que había conseguido todos festejaron a Kusan, sin saber que aquella sencilla operación cambiaría para siempre su vida y su trascendencia en la comarca en donde vivían, menos el envidioso Kemun, que ansioso por quedárselo para sí, le lanzó un manotazo para arrebatárselo.

Ese día nació la idea básica del comercio, cuando Kusan le entregó su obra a Kemun, a cambio de un cuchillo de asta de reno que aquel había confeccionado.

 

 

 

Lucía Lezaeta, maestra de las letras

IMG_20161112_201601.jpgLucía Lezaeta es una escritora, a quien las circunstancias de la vida la llevaron a a jugar con las letras antes que con las muñecas. Nos lo contó ella misma anoche, en un simpático encuentro con colegas escritores, en el café “Rapsoda” de Viña del Mar.

Tasadora de obras de artes en la administración pública, doña Lucía escribió y leyó desde muy niña, logrando desarrollar una capacidad literaria innata que bullía por expresarse en su interior.

En su largo caminar por la literatura conoció a otros escritores con los cuales quiso compartir esa afición, lo que la impulsó a dar vida al Círculo de Escritores de la Quinta Región, siendo su primer Presidente.

Lucía Lezaeta hoy goza del respeto y cariño de quienes integramos el Círculo y nos sentimos honrados y agradecidos de sus enseñanzas y consejos.