Cartas a Cauto

Cauto, amigo y consejero; hermanados indisolublemente desde el día en que mirándome en la superficie argentina del estanque de agua, tu rostro se dibujó nítido, provocando tamaña agitación y descontrol a mi espíritu.

“No te asustes”, recuerdo que me dijiste, “no soy otro diferente, soy quien ignoras cada segundo de tu vida; cada paso que das, cada error que cometes. No me ves porque no quieres verme, pero yo estoy siempre junto a ti”.

Han pasado los años y he aprendido que somos uno solo; sin embargo, con frecuencia sigo creyendo que solo soy yo.

“No tienes que recordarmelo Irreflexo, has vivido largos años y no has aprendido nada. Todavía crees que eres el mejor exponente de la creación. Todos creen lo mismo.”

No me regañes que somos hermanos, aunque a veces me gustaría tenerte solo como amigo.

“¡Amigo? ¡Qué sabes tú de la amistad!” 

Más de lo que tú crees.

“Demuéstramelo”. 

La amistad no se demuestra, la amistad es.

“Ah, interesante pensamiento. Entonces muéstrame como es la amistad; ¿tiene forma, color, volumen; se puede llevar en la cartera o la encuentro en la plaza?

Querido Irreflexo, todo en la creación es; sin embargo para que ese todo pueda expresarse y adquirir forma, incluso color y volumen, tú y tus semejantes deben hacerlo realidad. ¿De que te sirve querer sentir la amistad dentro si no la sabes expresar?”

Entonces dime, ¿qué es la amistad?

“Es la relación más noble y libre que puede tener un ser humano, de afecto, simpatía y confianza; refuerza nuestras afinidades y virtudes y le añade alegría a la vida. La verdadera amistad existe por si misma y no necesita un porqué. Hacemos amistad aceptando al otro como es, no como me gustaría que fuera o para sacar provecho”.

Tienes mucha razón Cauto. La amistad hay que demostrarla para que tenga sentido. Gracias hermano.

“No lo olvides, no sirve de nada ir por el mundo buscando amigos o queriendo hacer amistad, si la vas a condicionar a tus propios intereses”.

 

Microrrelato finalista en concurso “Limpiando el desván” del Muro del Escritor

Limpiando el desván.                 Jorge Cepeda González.                                    Chile

Molesto por los reproches con que la mujer gorda le regañaba su altanería, el hombre se apresuró en terminar de limpiar el desván.

-¡Insensato, haz tirado a la basura a tu mejor compañera!– le gritó furiosa.

Sabía que ella tenía razón, por lo que rápidamente terminó de ordenar, apagó la luz y salió de la pieza sin mirar atrás. Cruzaba el pasillo cuando volvió a escucharla.  

-¡Eres un arrogante. Desprenderte de la humildad y encerrarla en este cuartucho no te hará un mejor hombre!-