María la de las pecas

María tenía ocho años la vez en que la abracé temeroso y le di un beso en sus mejillas calientes. Éramos vecinos en un edificio de tres pisos apegado al cerro; ella vivía en el tercero y yo en el segundo; abajo había un garaje. Ese día nos fuimos a jugar al fondo de un patio que pertenecía a su casa; allí su madre lavaba la ropa en una gran artesa de madera y detrás de ella nos refugiábamos imaginando estar juntos en nuestra propia casa. Yo tenía 9 años entonces y aunque parecía mucho más niño que ella, ya sabía que los besos eran una forma de expresar algo y por eso que ese atardecer, poco antes que nos llamaran a entrarnos a nuestras casas, mientras nos ilusionábamos siendo los padres de una imaginaria familia, la acerqué hacia mí y la besé. María no dijo nada y sentí que también se dejó llevar por un arrebato interior como a mí me sucedió. Fue la primera vez que nuestros cuerpos estuvieron muy cerca uno del otro.

Esa noche me sentí muy inquieto y recuerdo que no pudiendo dormir, me fui a meter a la cama de mi hermana y me acurruqué junto a ella, pero tampoco lo logré y pasé varias horas torturándome con la idea que si mi madre y mis hermanos llegaban a saber lo que había hecho, me reprocharían por mi obsceno proceder. La tranquilidad vivida en casa en los siguientes días, trajo calma a mi afiebrada mente; sin embargo, de repente sospeché que la tormenta llegaría más temprano que tarde, al enterarme que María le había contado a su hermana mayor lo que habíamos hecho.

Vilma, una matrona alta y gruesa, que me quería mucho, se me acercó un día que jugábamos con María en el patio, poco antes de subir a su piso y dejarnos solos y entre risas nos advirtió: “tengan cuidado niños, no se besen mucho que se pueden enfermar”. Sentí que la vergüenza convirtió mi cara en una manzana y lleno de rabia terminé por abandonar el lugar y encerrarme en mi casa.

Un par de días después, cuando me atreví a salir al patio, recuerdo que hablé con María para decirle que nunca más la besaría, que no quería que ni ella ni yo nos enfermásemos, ya que si lo hacíamos, era seguro que su hermana sospecharía que seguíamos besándonos, ante lo cual ella se rió y me dijo que no fuese tonto. “Los besos no enferman a nadie como tú crees –fue su explicación- yo le pregunté a Vilma que me dijera que enfermedad nos atacaría si nos besábamos y ella también se rió de mi ingenuidad. Las personas se enferman de amor fue su respuesta y no dijo nada más. Ven, vamos a jugar allá atrás”. Nos cogimos de la mano y nos fuimos al refugio detrás de la artesa, allí nos abrazamos, nos besamos y luego nos envolvió una nube mágica que nos hizo perder la conciencia y no supimos cuanto rato estuvimos juntos.

-¡María, sube que ya es tarde!- El grito destemplado de Vilma nos despertó del ensueño. Desnudos permanecíamos abrazados tiritando de frío. Era otoño y las tardes en el puerto refrescaban rápidamente. Asustados nos vestimos y nos separamos. María lloraba, yo no supe que decir; pensé que la había maltratado y me dio mucho miedo.

Una semana después nos cruzamos en el patio a la hora de la misa de doce. Yo esperaba a mis hermanos en el rellano de la escala cuando María salió de su casa junto a su familia; vestía su faldita escocesa tableada y una chaquetita corta. De su cara pálida resaltaban luminosas un enjambre de pecas cubriendo su nariz y parte de las mejillas; en tanto a cada paso que daba, la cola de caballo de su pelo se movía de un lado a otro. Nos miramos sin decirnos nada, con aire inquisitivo, como preguntándonos como estábamos y si nos habíamos mejorado del resfrío que nos atacó esa tarde mágica.

Al pasar junto a mí, Vilma me preguntó cómo me sentía y luego agregó en tono algo burlesco, “por jugar hasta tarde en el patio se resfriaron bien fuerte los muy tontos”. Nuevamente me sentí avergonzado, pero más que nada culpable; sin embargo, un gozo interior me recordó el tiempo del acercamiento a María y no me importó que mi vecina nos tratase de tontos, ya que los besos que nos dimos aquél día nos habían enfermado de amor.

 

 

 

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