LA COMPETENCIA DE VOLANTINES

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En un lomaje del barrio, como tradicionalmente se hacía desde tiempos pasados, todos los contendores esperaban la señal del caporal para dar inicio al espectáculo. Lucían sus atuendos multicolores. Unos denotaban fiereza y otros sencillez; más todos eran guerreros, verdaderos gladiadores de una competencia ancestral, ansiosos por salir a la lucha de la cual no sabían si regresarían.

Al sonido del silbato emprendieron desafiantes el vuelo hacía los cielos, luciendo ropajes de variados colores y texturas, danzando entre vientos de una y otra banda al ritmo de la mano experta de sus dueños; que cifradas las esperanzas en la fortaleza de sus dirigidos, cada cual pretendía coronarse campeón de la justa.

Subiendo y bajando por las alturas; largando o acortando amarras, el torneo se prolongó por horas, dejando a muchos fuera del combate, que malheridos se precipitaron a la tierra, empujados por vientos que esparcieron sus restos lejos de la comarca, en donde terminarían sus días de pasajera gloria, enganchados sobre ramas de pino y eucaliptos, bajo el sol quemante del verano.

 Solo dos luchadores permanecieron en el cielo, esquivándose con maestría para no ser eliminados; pero el desenlace debía producirse más temprano que tarde, ya que la consigna del torneo era que solo uno regresaba a su dueño y ese fue el que lucía los colores de la bandera: el volantín tricolor; que en un instante se acercó a su rival y lo enlazó repentinamente y lo obligó a descender, mientras que con uno de sus maderos le rompió un costado, anulándolo definitivamente.

La batalla llegó a su fin y el vencedor volvió a las manos de su conductor, mostrando entre su ropajes, las heridas de la contienda.

HORACIO

Horacio pensó que aún era sábado y tenía que regresar a casa.
El ritual que por años realizaba semana a semana, siempre ese día, junto a su esposa e hijas, le recordó que la hora del almuerzo era sagrada; más esta vez él no estaría junto a ellas.

Cuando se despidió de Wilma, temprano esa mañana, ella quiso que se quedara y él insistió en salir a comprar. Poco antes de llegar a su destino, el odio lo secuestró.

Tarde aquella noche, su mente moribunda imaginó la mesa aún servida, a la que nunca más se sentaría.

EL MOTEMEY

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Una sola vez lo ví, sin embargo lo recuerdo como si lo hubiese conocido siempre, al evocar su singular canto nocturno. Todos lo conocían como el “Motemey”.

La noche que lo conocí, una espesa neblina cubría el cerro. Apegado a la ventana de la calle escuché su grito acercándose hacia mi casa. La luz de su farol precedía su paso.

Era un hombrecito bajo y delgado, lucía un sombrero raído, un poncho de lana protegía su cuerpo; vestía un pantalón oscuro arremangado y calzaba medias de lana cruda y ojotas de neumáticos. Con un canasto en un brazo pasó gritando una jerigonza que muchos la conocían y que de sólo escucharla producía una sensación de agrado.

¡Motemey, pelao el mey, calentito!

Era el grito alargado que anunciaba el rico maíz cocido, que él mismo cocinaba y que se comía en la calle, por unos centavos el tazón.